Hacía tiempo que no estábamos en el vasco de Vila-real y nos hacía ilusión ver qué estaba haciendo. Lo que tenemos claro es que Asier es un trabajador nato de la hostelería, no para. En nuestra visita, vimos una parte menos vasca de él, aunque es evidente que nunca deja de lado su origen. Comimos ligero, algo raro para un vasco, pero estamos en Castellón y hace mucho calor.

 

Empezamos con unos aperitivos sencillos consistentes en un sorbete de pepino y un cucurucho  de queso con patata y bacon. Seguimos con un plato fresco y andaluz como un gazpacho, marinero como los mejillones, en espumo y con su propia presencia, con una esponja de tomate de nuestras huertas. Un plato refrescante, muy mediterráneo y sabroso. Seguimos con tartar de remolacha con aguacate y parmesano, correcto.

El calamar en su tinta, una maravilla, y confirma, una vez más, que muchas veces no hace falta mucho para que con un buen producto se haga un plato muy sabroso y que valga mucho la pena. Después nos sirvió una fideuà,  muy nuestra, excesivamente potente, pero buena y con un toque vasco de un top de bacalao al pil pil, que sumaba y unía las dos culturas gastronómica. El último plato, contundente y sabroso, para nosotros el más flojo. Pero el que a nosotros no nos gustara el espárrago verde relleno, no quiere decir, que seguramente sea al plato, de todos los que probamos, que más se venda.

Acabamos con una Goxua un postre vasco y muy potente. El Vasco tiene comedores pequeños que proporcionan esa discreción que gusta a muchos y, a pesar de hacer sus pinitos con la cocina moderna, sigue con esa tradición que le ha caracterizado siempre, prueba de ello son los cientos de kilos de bonito, que a diario, elaboran para todo el año.