Cuando hablamos de la gastronomía de la Navidad nos viene a la cabeza gasto y viandas de alto copete. Bueno, es una opción. Parece ser que llegadas estas fechas, todos tengamos el deber de gastar y, para ello, ya se encargan de darnos una paga extra.

Repito, es una manera de ver una realidad. Hace un tiempo, la Navidad era un momento de unir familias y de tradición. Es posible que durante estas fiestas muchas familias aprovechen para verse y reunirse alrededor de una mesa para contar historias y disfrutar de una buena comida. Las tradiciones se van perdiendo y transformando al toque que mandan algunos de los grandes influyentes de la sociedad que nos dicen qué debemos comprar, qué debemos comer y cómo llevar nuestras vidas.

El mundo se ha globalizado, y, poco a poco, los gustos y las costumbres serán las mismas. Bien pensado, desde el punto de vista de los productores es más practico. Poco a poco los jóvenes perderán la memoria en la que sus abuelos habían puesto tanto empeño. Los abuelos de las siguientes generaciones son los que se están criando jugando a través de sus teléfonos y ordenadores con chinos, australianos o kenianos, por poner algunos ejemplos.

En la comida está pasando lo mismo y en las tradiciones también. Recuerdo la cena del 24 de diciembre frente a un pavo que mi abuela se había encargado de alimentar junto a las gallinas y que criaba para la ocasión. El pavo lo acompañábamos de verduras de temporada y patatas del huerto de mis abuelos. De primero, sopa de menudillos y yemas de huevos de gallinas sacrificadas antes de ponerlo. De postre, melón de cosecha propia, colgado del techo para que aguantara hasta la fecha y acompañado de un pastel de boniato, casero, que endulzaba la deficiencia de aquel melón fuera de fecha. Los niños bebíamos agua, y los mayores, sidra el gaitero, lo único, junto a las pasas, que se compraba de toda la cena. Terminábamos la noche con un plato de hígados, mollejas y otras partes de las gallinas y de los conejos a trozos pequeños, salteados con pasas. Una delicadeza navideña que los niños intentábamos evitar como podíamos y los mayores comían desde que mi memoria me deja. La comida del día 25 era, sí o sí, paella con pelotas de Navidad, con o sin sangre, por supuesto, con hierbabuena, y también hechas por mi abuela y mi madre.

En cada zona de España las costumbres se adaptaban a sus productos. En Madrid la col lombarda y el besugo han sido los reyes; en Segovia, el cochinillo; el cordero en Aragón y algunas zonas de Castellón; en Galicia, el marisco, etc.

Langostas

Botellas, Chateau d’Yquem, 1970, 1983, 1988, 1993, 1996, Restaurante, La Broche.Foie, caramelizado.

Langostinos de vinazo y cigalas

Pero los nuevos tiempos, la globalización, la opulencia, la publicidad y la incitación a consumir, han hecho que estas fiestas globalizadas se conviertan en un momento de gasto y desenfreno culinario. Compramos marisco, foie, cordero, pulardas, capones, pescados salvajes y diferente a lo habitual y lo acompañamos de grandes y caros vinos, cavas y champagnes. Compramos todo aquello que en estas fechas está más caro que nunca y, además, luego nos encanta airearlo en las redes para que la gente vea nuestros manjares y lo bien que lo pasamos.

Mi modesta opinión es que hay que ir contra corriente y no gastar por gastar. Creo que es mejor disfrutar de esos manjares en otro momento del año o comprar anticipadamente y congelar, o comprar buenos congelados, también un poco antes de estas fechas. Abaratamos costos y disfrutamos igual en el primero o en el segundo de los casos.

Menos mal que, a veces, se producen ciertos cambios, aunque sean pocos, que me dan la razón y que ayudan a nuestra economía. Ya era hora de que, al menos en nuestra comunidad, se cambiaran las uvas, caras y fuera de temporada, por unos gajos de mandarina, en plena temporada y muy nuestros. Pero como decía mi tío Priscilo: “Cada cual se sabe lo suyo”.