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La Tasca del Pollo cumple 40 años. Ayer, Paco Fayos y Toribio, el que fundó la tasca del Pollo, ahora ya jubilado, nos invitaron a una comida. Entre los invitados se encontraban dos exjugadores del CD Castellón, el andaluz Viñas y Paco García Hernández, también ex del Castellón y del Real Madrid. La comida estuvo en su línea, una ensalada que estaba correcta, unas buenas croquetas caseras de pollo; un excelente boquerón adobado del Grao, bien frito, crujiente y muy gustoso; una sepia rebozada y el pollo como toda la vida lo han hecho ellos, sin misterios y bueno. Hasta ahí todo parece normal, unos amigos que comen juntos y lo hacen a gusto, porque la comida está buena y porque a veces no hace falta mucho para comer bien.

Pero la cosa empezó a torcerse cuando llegó el camarero, con cara de alucinado y que parecía no estar en su sitio. Faltaba una silla y los cubiertos, y nos trajo una sillita de bebe, cubiertos pequeños y un vaso con pajita. Le dijimos que no venía ningún niño y él insistió que era para el nieto de Paco Fayos. Al ver su insistencia le dije que la pajita la dejara para Paco que era el más mayor, a lo que él añadió que claro, que así no le dolerían los dientes al morder y que no se preocupara que le traería agua del tiempo para que no le dolieran. Comentamos nuestras dudas en el servicio de este camarero. Parce ser que lo oyó y se acercó con el dueño para decirnos que nos había pillado hablando y que no nos fiábamos de él. Después, de vez en cuando, nos pedía por favor que no le dijéramos nada al dueño, que solo llevaba dos días trabajando y que si decíamos algo lo iban a echar.

Le pedimos unas cervezas. Vino con la bandeja, temblando, las copas también temblaban, y aterrizó como pudo en el hueco que había al principio de la mesa porque todavía faltaba un invitado. La segunda vez no tuvo esa suerte, porque el hueco estaba ocupado y protestó por ello al que lo ocupaba. En la mesa de al lado, donde comían caracoles, les mesuraba los palillos y solo daba uno por persona, aludiendo que era suficiente. Cuando nosotros le pedimos palillos, tuvimos miedo de que no nos diera para todos, pero al final accedió, aunque uno cayó al suelo. Le dijimos que faltaba uno y dijo que había caído al suelo y que si lo queríamos, lo cogiéramos del suelo. Cuando uno de nosotros tiró una espina del boquerón encima de la mesa, el camarero le dijo que hiciera el favor de no tirarla ahí porque él la tenía que recoger después. Cada vez que traía comida o bebida, venía con cara de alucinado y no sabía qué hacer con los platos. Éramos nosotros los que casi al vuelo cogíamos los platos que salían de cualquier manera de entre sus manos.

Después de comer el pollo, alguien le pidió una toallita de esas de limón. Él contestó que no estábamos en una marisquería, pero accedió a traer un barreño grande con limón y agua templada. Al llegar, tuvo que escuchar por nuestra parte algún que otro improperio. Al rato, empezamos a meter las manos en el barreño, a lo que él añadió un: “Veis como al final si que os sirve de algo, solo me ha faltado quitar las pepitas al limón, pero al final, las he dejado”. Al pedirle servilletas limpias, nos trajo otras, pero primero nos pidió las sucias para llevárselas y en una de estas, no sabemos cómo, se llevo las limpias y trajo las sucias. Cada vez que le pedíamos una cerveza, si había alguna copa a medio terminar, nos animaba a acabarnos la copa de golpe y así nos traía una cerveza nueva. Vimos cómo temblaba, cómo se le salían los ojos de las òrbitas, asustado cuando nos tría la comida, pero cómo se defendía cada vez con una insolencia o una chulería. Le pedimos sandía o melón, dependiendo cuál estuviera más dulce y el aludió no haberlos probado. Nos preguntó si podía probarla y le dijimos que sí. Al poco vino con dos trozos pequeños de sandía y, directamente, me introdujo uno en mi boca y el otro en la suya. A él le pareció bueno y me preguntó a mí. Al estar todos de acuerdo, la trajo, no sin antes limpiarse las manos en la camisa de Paco con naturalidad. La cosa siguió y siguió hasta que, entre risas, algunos llegaron a las lágrimas.

Acabamos pensando que este tío estaba mal de la cabeza o que había una cámara oculta que no encontrábamos. Finalmente se destapó el asunto. El susodicho camarero, David, en realidad es el hijo del dueño, es un actor que se dedica al circo y hacer reír a la gente. Durante esta semana ha actuado de incógnito en la Tasca del Pollo, aunque al principio, algunos le hubieran dado un par de hostias. La verdad es que ha resultado ser la mejor comida del verano. Increíble las risas que nos hemos echado. Genial.

David, el camarero insolente y bastante inútil: Crico Dabitxi.  www.circodabitxi.es

circodabitxi@gmail.com