A la vista está que uno de los males que parecen no tener solución en la hostelería de nuestra comunidad, en gran parte de España y en medio mundo, es el servicio de sala. Los camareros más profesionales se limitan a conocer las normas básicas del servicio, cómo colocar los cubiertos, las copas, etc. En el mejor de los casos, sobre las bases y tradiciones de los años 70-80 y en otros casos ni eso.

No gustan los turnos partidos y menos aún trabajar los festivos. Las salas de los restaurantes y bares se encuentran llenas de inexpertos camareros que más bien deberían llamarse lanzadores de platos. Muchos son camareros porque no había otra cosas mejor que hacer, porque necesitan dinero a toda costa y es lo que hay a mano, o porque les obligan y no tienen más remedio. La desidia está asegurada y con ella el mal servicio. Dónde quedaron los modales, el respeto hacia los clientes, la sonrisa, el amor al trabajo, una pequeña charla para vender la comida del día, un plato especial o un vino que se salga de los tan trillados Riojas o Riberas clásicos, y, seguramente, servidos mal y a esa errónea llamada temperatura ambiente que todavía está en la ignorancia de muchos. Eso sí, la mayoría se creen camareros profesionales y con derecho a cobrar bien.

   

Bar del Hotel Claris, rincón romántico, camarero sirviendo champagne.

 

Yo les remitiría a visitar grandes restaurantes vascos, madrileños o catalanes, o bares de tapas de Andalucía, Galicia, Castilla… por poner un ejemplo nacional, o visitar restaurantes medios o medios bajos de Norteamérica. En Estados Unidos los camareros son como accionistas del restaurante, cobran según realicen su trabajo y, así, ven aumentado su sueldo con propinas. Por eso las propinas en Estados Unidos son elevadas, porque saben que los camareros se pagan a parte, según rindan, según su eficacia.

En España no gusta este procedimiento, porque el camarero arriesga como el empresario y, aquí, lo que gusta es que arriesguen los demás. Pero si el trabajador fuera listo y buen profesional ganaría mucho dinero y haría ganar más al empresario. Si cada vez que entráramos en un establecimiento hostelero nos hicieran sentir como en casa, nos trataran con educación, nos sirvieran con amabilidad y agilidad, estuvieran pendientes de nuestras necesidades, nos enseñaran las virtudes de su cocina y, en definitiva, nos hicieran disfrutar de una buena comida, habría más gente en los restaurantes y bares, se lo puedo asegurar. Pero, es que hay que pensarse mucho salir de casa para que muchas veces te traten mal, no comas muy bien y, encima, te atraquen con precios excesivamente elevados para el resultado obtenido.

Al final, siempre acabamos en los mismos locales, porque en nuestra provincia hay establecimientos hosteleros que merecen la pena, más de los que uno se piensa, y donde nos encontramos bien, pero visto lo visto, hay muchos lugares donde la aventura es un riesgo, más que una alegría. Los cocineros, encabezados por Juan Mari Arzak, se revolucionaron y cambiaron la filosofía del comer con la “Nueva Cocina”. ¿Para cuándo una revolución de los camareros? Y no olvidarse de ser más exigentes con los malos profesionales.

 

Un amigo que lucha por la gastronomía de Castellón.

José A. Aguilar García

Profesor de Comunicación Audiovisual de la Jaume I

Director de la AMTC Castellón Gastronómica

www.castellongastronomica.es

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