ADAPTARSE A LA COMIDA DE CADA LUGAR

Viajar por esos mundos de Dios te hace ser respetuoso, e incluso mimetizarte con la cultura de cada país visitado. Con los hábitos culinarios ocurre lo mismo, si se quiere conocer a fondo un lugar, hay que integrarse, probarlo y disfrutarlo.

En la imagen, destacar una embarcación de la Isla de Lamu en Kenia y en esta imagen Ayers Rock o Uluru en el centro de Australia. Dos lugares donde comimos de todo y de los que tenemos buenos recuerdos.

Me cuesta mucho entender a esas personas que lo primero que hacen al llegar a un nuevo destino es buscar un restaurante español para tomarse una tortilla de patata, una paella o unos calamares a la romana. Yo mismo, por mi trabajo, he visitado bares y restaurantes españoles de medio mundo. Si esto se hace por experimentar, está bien, es toda una experiencia. Pero si la realidad es un apego a lo nuestro y un rechazo al resto, estamos cayendo en un grave error.

Generalmente, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. La paella está hecha con los gustos del país, con arroces largos, pocas verduras, y mucha carne y pescado; la tortilla no sabe como la nuestra, los calamares son muy sosos, la sangría es light, lo mismo que la cerveza, las salsas son más espaciadas y picantes, el marisco suele saber a poco; los huevos fritos, además de no llevar chorizo, te los comes con pan de molde y, encima, todo vale el doble. Eso sí, la carta se puede leer en español, a veces, con faltas de ortografía o de expresión incluidas que delatan un lejano origen español del propietario. También puede uno practicar su español, para no olvidarlo, y recordar con el dueño algún rincón de esa maravilla de tierra nuestra, a veces, con la esperanza de una coincidencia que pudiera ver reducida nuestra factura. Por supuesto, la factura no solo no queda reducida, sino que el precio suele superar ampliamente lo esperado.

Lo mejor es integrarse y comer donde comen los nativos para tener una experiencia culinaria acorde con la vista. Esto nos llevará a percibir sabores nuevos a un precio afín al país. No digo que todo sea maravilloso, a veces, se pueden tener experiencias negativas, pero, en general, compensa. Recuerdo un pescado ahumado y muy fuerte de sabor que pedí en Dinamarca, o un desayuno japonés en Tokio; el primero no pude prácticamente ni probarlo, el segundo, aunque casi lo terminé, era excesivamente fuerte para empezar la mañana. En cambio, recuerdo con nostalgia y agrado una masa blanca y espesa de cereales que los kenianos se llevaban a la boca para, al hincharse, engañar al estómago; o los chapulines picantes y crujientes (saltamontes) de México; o la cebra, o el antílope o la jirafa de África, fibrosos y duros; o el cocodrilo, con la textura del pollo y el sabor a pescado, que sirven tan normalmente en Australia; o la sopa de remolacha de Polonia, o los falafel (croquetas de garbanzo de Egipto) o tantas y tantas cosas.

Para muchos extranjeros, cuando llegan a España y ven cómo nos comemos los caracoles, los zarajos, los callos, las mismas morcillas, algunos mariscos como las espardenyes, las ortigas de mar (anémonas) o incluso los conejos, les parece que somos unos bárbaros. No desprecies alimentos ni costumbres ajenos, pues a otros pueden parecer extrañas las que para ti son tan normales. Algunos alimentos te pueden gustar, otros no, pero si quieres llegar a conocer la personalidad de un nuevo país, lo mejor es integrarse como uno más y seguir sus costumbres, siempre será mejor que ser tratado como un turista más.

José A. Aguilar García

Profesor de Comunicación Audiovisual de la UJI

Director de la AMTC Castellón Gastronómica

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