C/ Moyano, 4. Castellón. Tel.: 964 222300

Hace ya unos meses que Miguel Barrera aterrizó en la plana de Castellón. Ya tenía ganas, pero le faltaba un buen proyecto donde se sintiera bien y, finalmente, lo encontró en el hotel Mindoro. Montar un segundo restaurante puede ser una aventura si no tienes el respaldo suficiente para ello, aparte del gran soporte del Hotel. Miguel tiene las espaldas muy bien cubiertas con un cocinero con experiencia como Carlos Monsonís. El día que nosotros estuvimos coincidió en la sala un chaval, Aitor González, que es un diamante en bruto que, para lo joven que es, ya lo hace muy bien; y encontrar gente así, con soltura, naturalidad, seguridad e implicación en la sala no es nada fácil. Estoy seguro de que se irá puliendo poco a poco con más sabiduría y experiencia, porque el resto ya lo tiene.

El local es desenfadado, pero serio, porque una buena comida requiere que las cosas se hagan bien, y aquí se hacen, a pesar de la juventud del personal. Nos sirvieron el menú más largo de los dos menús que ofrecen, pero algo más extenso de lo normal, y disfrutamos muy intensamente. Nos pedimos un vino de Castellón muy económico con una muy buena relación calidad precio, L’Equip de Viña Natura. Empezamos por un hummus con notas del mercado de Castellón, muy fino, con mucho sabor a garbanzos, que nos encanta, y esos toques del mercado con productos nuestros. La naranja liofilizada de Burriana ya la conocíamos y ya nos gustó en su día, muy buena. El sándwich de queso de Almedijar y crema de limón tiene ese sabor que solo las ovejas Guirras y la mano de Ángel le saben dar. Lástima que no fuera más grande, bueno, en realidad, podríamos decir eso de todos los platos, pero si hubieran sido más grandes no hubiéramos podido con ellos. Todo tiene que tener su justa medida.

Seguimos con unas buenas anchoas sin más, y no le hacían falta nada más. El tartar de atún rojo con encurtidos y migas de sardina de bota muy tierno, sutil, y con esos toques de tradición que siempre tiene presente Miguel, como agradeciendo a todo lo que antes tuvimos, esa sardina de bota está muy presente en su cocina, y de lo que no hay que separarse del todo. El crujiente de bacalao, de la piel de bacalao, muy bien frito y con ese toque de guisantes y aceitunas negras refrescan ese sabor a mar con la fuerza que queda en la piel del bacalao. El pulpo roquero confitado con un puré de ajos y unas migas, (tradición bien entendida) no se si tengo palabras, mejor van y lo prueban. La molleja era tierna como los algodones de la feria. Y la clara de huevo, sabrosa, y con ese toque increíble a brasas que vuelve una vez más a esos sabores de antes que te recuerdan el olor a leña y el sabor inconfundible de la carne asada en sus brasas. El salmonete de roca con picada de almendras, alcachofas y ajoaceite de yuzu, donde se ve un poco de fusión entre lo nuestro, que es casi todo, y un ligero toque de la cocina japonesa. Por cierto, el salmonete tenía una textura perfecta, y el resto de productos eran tan sutiles que te permitía disfrutar del pescado sin perderlo en el paladar. Un arroz perfecto de textura, ligeramente meloso, nos encanta esta situación, con una de tantas estrellas que tiene nuestro mar de Castellón, el sepionet de la puncha lleno, sin acabar de limpiar y poco hecho, para que todo deje su gusto e impregne ese arroz para hacerlo mejor, si cabe. El cochinillo, a pesar del camino recorrido hasta aquí, nos lo comimos sin rechistar, su textura no dejaba dudas al buen hacer, jugoso y tierno, y con la piel crujiente, como debe ser.

Las frutas estofadas con naranjas sanguinas y vino dulce, muy buenas también, pero creemos que el exceso de nata no hacía la combinación perfecta, ambas partes, por separado estaban genial. Quizás lo mismo, pero sin mantequilla y más protagonismo de otra de las maravillas de nuestra agricultura, la naranja sanguina, fueran mejor al plato, pero lo dejamos en buenas manos.

No sabíamos como afrontar los postres, porque no estábamos seguros de que tuviéramos más capacidad. Las noches son más duras para una larga comida. En cambio el primero de los postres, Citric, era ligero y muy refrescante. Es el que nos animó a seguir y a disfrutar con la leche, cacao, avellanas y azúcar. Un buen final para una gran comida. Vayan y disfruten, no hay que perdérselo.

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