El otro día me pasaron un par de cosas que me parecieron reseñables. Supongo que muchas personas ni siquiera le van a dar importancia, y otros no van a entender que hable de ellas como algo que pueda llamar la atención.

En un almuerzo, donde había varios hosteleros, se sacó una botella de vino joven de Rioja. Hasta ahí todo bien. El problema es que el vino joven era del año 1998, un vino para disfrutarlo en 1999 y, como mucho, si estaba bien guardado —que lo dudo— hasta el año 2000; porque siempre, un vino joven se disfruta más el año siguiente de su elaboración.

Pero bebérselo en 2016 me parece increíble. ¿Por qué me puede parecer increíble? En primer lugar, porque los vinos jóvenes, como ya he comentado, no aguantan tantos años; en segundo lugar, porque cuando se sirvió, tenía un color tremendo, teja descolorido, que evidenciaba lo evidente. En la boca no decepcionó en absoluto, un sabor a pasado increíble, sin esos sabores joviales con matices a fruta, nada de nada. En la nariz, plano totalmente, descafeinado, con aromas a viejo y pasado. Vamos, un vino que se debería haber bebido —o tirado— hace 15 años.

Son cosas que pueden pasar y, de hecho, pasan. Lo que no debería pasar es que haya quien se lo beba y, además, le parezca bueno. Supongo que tiene que haber gente para todo, incluso para beberse un vino muerto hace mucho tiempo. El problema es que esta situación no es aislada y suele ocurrir a menudo en algunos restaurantes. Espero que no se enfade nadie y que conste que respeto todos los gustos, pero me sabe mal que haya personas que se beban esos vinos.

Boquerones frescos amontonados

Boquerones frescos amontonados

Por la tarde, estaba en la pescadería de uno de los Mercadona, que traen bastante pescado de nuestras lonjas. Mientras esperaba, un niño de unos 6 o 7 años le dice a su madre que le compre boquerones. La madre, toda extrañada y casi ofendida con el niño, lo miró con cara de que no le diera faena extra, y se quedó muy ancha al decirle: «¿Pero para qué quieres pescado si tienes salchichas Frankfurt? Déjalo, y ya compraremos pescado la semana que viene». Supongo que para la madre era un fastidio tener que molestarse limpiándolo, —y eso que en Mercadona te suelen limpiar el pesado— o tocarlo y freírlo. Está claro que un Frankfurt es mucho más práctico. Me imagino que la semana siguiente, el pobre niño se quedaría otra vez sin pescado. Pobre, con los pocos niños que hay a los que les guste el pescado, y encima, le fomentan la comida basura. Aquí a la que habría que dar de comer aparte es la madre, y enseñarle un poco de nutrición y salud. ¡Qué pena!